La letra invisible del boleto de compraventa.
Por qué un buen boleto es el mejor regalo que le podés hacer a una operación
Benjamín Tenti es escribano adscripto del Registro N.º 74 de La Plata. Egresado de la Maestría en Derecho Notarial, Registral e Inmobiliario y del Máster en Alta Dirección de Empresas, se desempeña como docente universitario y participa en la elaboración de contenido sobre derecho inmobiliario, notarial y registral.
Ninguna firma se parece a la de un boleto de compraventa. Para quien vende, es el cierre de una etapa; para quien compra, el comienzo de un sueño. Acompañar ese momento es una gran responsabilidad, y también la oportunidad de honrar la confianza depositada, cuidando que el espíritu del acuerdo llegue intacto hasta el final. Así, cuando lleguen las semanas de mayor movimiento y crezcan los nervios propios de toda operación, el documento sea una fuente de calma y no de sobresaltos.
Porque un boleto no es una foto de un acuerdo cerrado: es el comienzo de un proceso que va a respirar durante semanas, hasta la escritura. Y ahí aparece una idea simple que ordena todo: una operación se sostiene sobre el rastro que va dejando. Cada paso que queda registrado —los documentos, las fechas, los avisos— es un ladrillo más de confianza. Cada paso que queda «de palabra» es un hueco que, sin mala intención, con el tiempo cada uno puede llegar a recordar distinto. El trabajo del buen asesor no es blindarse contra el otro: es ayudar a que la realidad acordada se conserve tal cual, para que nadie tenga que reconstruirla de memoria.
Se ve claro con los plazos. El boleto dice que la escritura se hará por ejemplo «dentro de los 45 días», y todos asumen que, si ese plazo se vence, al día siguiente empieza a correr sola la multa por demoras. Y acá conviene aclarar algo importante, porque es una de las confusiones más comunes: la mora no opera de manera automática y mágica. Ese día no dispara ninguna penalidad por sí solo; abre, en todo caso, una conversación sobre quién fue el que se demoró. Si la parte que se atrasó lo reconoce y acuerdan de buena fe una quita o un ajuste, todo se resuelve en paz, con un apretón de manos. Pero si no hay ese acuerdo voluntario, la multa no se retiene forzadamente: el reclamo termina en un litigio judicial, donde un juez decidirá quién tuvo la culpa. Y en la justicia no gana el que tiene razón, sino el que la puede probar: prevalece la verdad formal, la que se demuestra con constancias, por encima de lo que cada uno diga que pasó. Por eso el que fue prolijo y dejó registrado cada paso llega parado; el que hizo los procesos «de palabra» llega con las manos vacías.
De ahí que sugiero el primer tip: certificar las firmas. Para que el reloj de los 45 días arranque sin discusión, tienen que quedar firmes desde el principio dos cosas: cuándo empezó a correr y quién firmó. Al certificar, el boleto queda con fecha cierta —una fecha que nadie puede discutir después— y la firma de cada uno queda fuera de toda duda. Un detalle chico que evita, por ejemplo, que más adelante alguien alegue que hubo un error de impresión y que la fecha real era otra, de modo que el famoso «día 46» no sea un día distinto para cada parte.
La misma lógica sirve para comunicarse durante la operación. Casi todos los boletos fijan un domicilio físico para los avisos importantes, y está perfecto. Pero para el ida y vuelta del día a día, sumar un domicilio electrónico es una gran elección, y el Código Civil y Comercial lo reconoce expresamente: las partes pueden acordar que las notificaciones enviadas allí se tengan por plenamente válidas y vinculantes. Lo interesante es que ese «domicilio» no es una sola cosa: puede ser una casilla de mail y también un número de celular. Lo importante, y este es el tip, es que en el boleto quede claro que ambos —el correo y el teléfono— se constituyen como domicilios electrónicos a los fines de recibir notificaciones. Con eso, se resuelve casi todo al instante, sin vueltas ni gastos, y las partes se hablan con la tranquilidad de que lo dicho quedó registrado.
Y hay un momento que merece atención especial, porque es donde más se juega la alegría del final: la entrega de la posesión. «Se entrega con todo lo construido, adherido, clavado e instalado a la firma del boleto» suena a frase que cierra todo, pero en realidad abre varias preguntas. ¿En qué estado? Y sobre todo: ¿qué elementos se llevan y qué se queda?
Acá conviene detenerse un segundo, porque la ley trae una particularidad interesante de conocer. Hay cosas que, aunque parezcan «muebles», forman parte del inmueble por estar unidas a él de manera permanente: son los llamados inmuebles por accesión, como por ejemplo los muebles de cocina hechos a medida, un vestidor empotrado, los artefactos de iluminación, una estufa o un hogar a leña instalados, entre otros. La regla general es que esas cosas se venden con la propiedad, sobre todo cuando sacarlas dejaría un daño o un hueco a la vista: agujeros en la pared, instalaciones cortadas, un placard a medida que fuera de ese ambiente no tiene funcionalidad.
Pero también hay mucho de apreciación y de acuerdo entre las partes: quizás el vendedor mandó a hacer ese vestidor y quiere llevárselo, o tal vez el aire lo compró hace un mes. Nada más justo. El punto es simplemente conversarlo y anotarlo, para que el comprador no se lleve una sorpresa el día de la entrega de las llaves, ni el vendedor se sienta acusado de haber faltado con algo.
Por eso el tip más eficiente en este caso: hacer un inventario. Un recorrido tranquilo por la propiedad al firmar el boleto, con fotos fechadas, dejando anotado en qué estado está todo y qué elementos quedan y cuáles no. No es desconfianza: es memoria compartida. El día de la entrega, en vez de discutir de memoria, alcanza con abrir la carpeta y sonreír.
Y ya que hablamos de dejar todo claro, demos luz al término de vicios ocultos, porque es un término que a veces se usa de forma vaga y en realidad es preciso. El Código llama así solo a los defectos graves que no eran visibles o fácilmente reconocibles mediante un examen normal al momento de comprar y que, de haber sido conocidos, habrían cambiado la decisión de compra o el precio significativamente. No entra ahí lo que estaba a la vista ni el desgaste lógico por el paso de los años: eso es parte de lo que se compró “en el estado de conservación en que se encontraba”. Por eso ayuda tanto una segunda visita antes de firmar, y mejor aún si es con un profesional del rubro que ve con ojo clínico.
Muchos asesores, con buen criterio, dejan constancia en el boleto de que la propiedad fue visitada en varias oportunidades, con sus fechas: es un detalle simple que después evita malentendidos. Y si aun así aparece un defecto realmente oculto, la mejor salida es siempre la amistosa —conversarlo y acordar un arreglo—; recién si no hay acuerdo voluntario queda abierta la vía judicial. Un boleto honesto, que deje constancia del estado real y de lo que el vendedor ya sabe, es la mejor manera para que todos duerman tranquilos.
La seguridad de una compraventa no nace de llenar el boleto de amenazas ni de multas imposibles. Nace de tres cosas sencillas y muy humanas: que lo escrito coincida con lo que las partes de verdad acordaron, que el camino quede registrado con transparencia, y que cada paso se apoye en lo que la ley ya ofrece para cuidarlo. Un boleto confeccionado con ese cuidado no levanta un muro entre comprador y vendedor: los cuida a los dos por igual. Guarda la verdad de lo que se pactó, disipa los miedos antes de que aparezcan y convierte lo que podía ser un trámite tenso en lo que en el fondo siempre fue, una llave que cambia de manos, una casa que empieza a tener otra historia, un proyecto que arranca con el pie derecho.
Recordá siempre trabajar con profesionales de confianza.
Benjamin Tenti
Notario




